martes, 4 de mayo de 2010

Túneles

Anoche volví a soñar con túneles. Durante años una y otra vez los putos túneles. En auto o a gamba, corriendo o echando putas como escuché de Cortázar, pero siempre en túneles, canales, autopistas del futuro, en Venezia, Vicente López o Venezuela, los lugares siempre comienzan con V. Me despierto en el medio del vértigo, tomando una curva a 250 o perdiendo el control, creo que en el fondo sólo se trata de eso. Ya no sé quién soy cuando sueño. Pueden ser brillantes y la luz me llama como a un bicho o pasar por debajo de las casas y me quedo paradito, con las patas hasta la rodilla de agua, escuchando el rechinar de las camas, los pasos de los perros. Hace unos días pensaba que lo que extrañaba de no tener fiebre era justamente que había dejado de soñar con esos laberintos. Pero ya no, porque anoche soñé con túneles.

domingo, 18 de abril de 2010

Montadores de basura







Pasando la medianoche vi en el Bafici una de peli extraña y apasionante: Trash Humpers. Inevitable para un seguidor del realismo sucio indie no pegarse una vuelta por una visión de Harmony Korine graba en VHS. La ¿historia?, en una lectura rápida y sencilla, era sobre unos viejos que por las noches deambulaban las suburbios para cogerse tachos de basura. Hay un homenaje a También los enanos empezaron pequeños de Herzog con la escena de las bicicletas girando en círculo y la risa desquiciada de Travis, el viejo que graba los videos, como la de Hombré, el enano que se descostilla mirando a un camello en una erección. 
No voy a divagar sobre lo que yo creo que el director y bla, bla, bla, porque no importa, bueno, quizá si le importó a las decenas de personas que se fueron antes de la mitad. La onda es que terminada la peli fuimos para una fiesta por el pasaje bollini, uno de esos lugares que le gustan a la gente, supongo; calle empedrada, cervezas en la mano, el eterno retorno de la música que todos conocen, inclusive yo. Echaba humo en la calle, pensando un poco en algún monólogo de la peli, que iba de como las personas en realidad fornicamos basura en todos los actos, en lo que habíamos convertido al mundo y eso, cuando una mina salió con un flaco a pedirle perdón, trataba de apretárselo y el pibe se hacía el dolido o alguna boludes así. La onda es que el tipo la perdono y bajaron la calle hasta algún lugar, cuando a los minutos salieron unos 6 pibes a mirar la situación. Entre los seis estaba otro chabón que curtía con la mina y se enteraba, ao vivo, rodeado de sus camaradas, como la minita le metía los cuernos. Expresión Keatoneana, partida la cara al medio, se negaba a aceptar lo que todos habían/habíamos visto. Es un gato, dijo uno, y pensé que los humanos deberíamos pedirle perdón a los gatos, no se merecen tal afrenta. 

jueves, 25 de marzo de 2010

El calor de un clásico

Había bajado del tren San Martín en la estación de San Miguel antes del mediodía. Crucé la calle para ir a tomar el bondi, pero me quedé parado para que pasasen los trenes en ambas direcciones. Me prendí un pucho y miré en la máquina que venía de José C. Paz camino a Retiro como un grupo de hinchas de River cantaba sacado en el furgón algún tipo de boludés clásica antes de un partido.
Me tildé un poco hasta que sentí una sombra movediza detrás de mí, proveniente de la Vieja Estación; un grupo de 20 buitres azules y amarillos se acercaban, entre saltimbanquis y cocoritos, cargados de piedras y no dudaron en comenzar a tirarlas también entonando su grito de guerra que quería dejar en claro que ellos eran los más porongas de los porongas. Traté de cruzar el paso a nivel pero el tren, no sé porqué mierda, se había detenido en el medio de la Balbín, dejando como única posibilidad retroceder y pasar entre los fraternales bosteros. La chapa del tren resonaba hueca, las personas bajaban las ventanas asustadas y desaparecían del cuadro, las pensé agachándose y tomándose la cabeza. Un pibe de 12, de esos pibes que van al colegio y nada tienen que ver con los estereotipos, juntaba cascotes y los acunaba como un bebé mientras, quien supongo, era el padre las tomaba y gritaba "putoooos, putoooos"; otro a un costado también puteaba porque se había dado cuenta que al cascotear se le había caído la mayor parte del vinito que llevaba en una botella de plástico cortada al medio. Una mina arengaba "vamos a buscarlos" y otro ondeaba una bandera, conquistador de lo efímero, contorneando el otro brazo en un viaje al éxtasis.
Los que ya habían escapado se mantenían a distancia, observando; madres con sus guachos y adolescente granudos, peinados a la gomina, vendedores que vendían y esa vibración que se produce tras el rugido, y todo es un grito repentino y silencio.
El tren arrancó y se metió en la estación, pensé que eran unos limados de mierda, pero no del tipo que conocía, pegué una pitada y me crucé entre el tumulto que comenzaba a disolverse hasta la del 269.
          

lunes, 22 de marzo de 2010

Jugueteos en Cachi

Nos habíamos tomado el único bondi que pasaba por la mañana hasta el final del recorrido. La idea era conocer Cachi adentro, pero nos fuimos demasiado adentro y terminamos junto a a una escuela perdida, bordeada por río donde nos dedicamos, sin nada que hacer, a tirar piedras.
Marilusa caminaba adelante junto a la perra que, si bien cambia de raza, siempre nos sigue a todos lados, no importa la latitud que marque el mapa. 
Los pimientos al sol salteño se secaban como pasas de uvas de efectos sicodélicos, caminos rojizos iluminando el verde y el ocre.
 Alguna llama intentaba saltar los alambrados o tomaban agua de los mínimos canales que al costado del camino aseguraban los cultivos. No sé si caminamos por dos o tres horas hasta que un suizo nos levantó en su camioneta ricachona.
El pueblo estaba quieto a la hora de la siesta, un par de turistas extranjeros tomaban jugo de naranja frente a la plaza. Yo saqué unas galletitas del bolsillo casi hechas polvo y me las llevé a la boca cuando vi a dos nenes semi desnudos sobre uno de los bancos. El pibito se tiraba arriba de la ¿hermana? y la trataba de agarrar de la cintura, la acercaba, se acomodaba y ella se volvía a zafar, una y otra vez, maquinalmente en celo, hasta que ella le pegó un cachetazo. El reflexionó un segundo, miró hacia el otro lado y volvió a  abalanzarse sobre ella.